CRÓNICAS DEL CUIDADOR: MIRANDO HACÍA ATRÁS PARTE 5

Y este será el capítulo final de la vida de la yaya. Espero que os hayan gustado la  Parte 1Parte 2 y Parte 3 y la parte 4 de esta saga. Ahora, en esta última etapa, quiero pensar que por fin tuvo su libertad y que, aunque fuera por poco tiempo, pudo disfrutar de ella misma.

Comienzo recordando que en la parte 4 os conté nuestra mudanza a EE. UU. Esos años sé que fueron difíciles para mi madre en muchos sentidos: un nuevo país, lejos de su familia, sin saber el idioma y teniendo que cuidar de dos niños mientras su marido (mi padre) trabajaba sin parar para sacar a la familia adelante. Y a flote nos mantuvo.

Nos mudamos bastantes veces hasta que finalmente compramos una casa en Miami, donde parecía que todo iba bien… Pero todo cambió. Yo me fui de casa a Los Ángeles con un novio loco (esto ya lo podréis leer en mis memoirs, estoy en ello), mi hermano se fue a estudiar fuera y mis padres se quedaron solos.

Parece que, como en muchas parejas, llega un momento en el que ya no se reconocen o el amor se transforma. No quiero entrar en detalles, pero mi madre me llamó un día, estando yo en Los Ángeles, y me dijo que se divorciaba y que se volvía a Madrid a vivir con su madre.

Para mí fue un shock, pero me imagino que para ella mucho más. Estaba muy enamorada de mi padre y, durante el resto de su vida, siempre pensó en él.

Para mí también fue duro porque, aunque yo vivía fuera, hablaba con mi madre todos los días y podía verla cada par de meses. Pero esto lo cambió todo. Y así fue: volvió a Madrid, a su casa de la niñez, a vivir con mi abuela.

Ya en Madrid, por fin pudo vivir como ella quería. Retomó sus antiguas amistades, empezó a trabajar en una tienda de ropa, se puso a pintar, se unió a un club de museo, salía por la noche, se lo pasaba bien… Creo que incluso ligaba, jajaja.

Disfrutaba de su vida sin nadie que le dijera lo que tenía o no que hacer, sin tener que cuidar de nadie… hasta que mi abuela sufrió un ictus y tuvo que hacerse cargo de ella. Aun así, sé que era feliz (aunque no del todo, porque estábamos lejos).

Estuvimos separadas casi 20 años. Yo iba cada año si podía o ella venía. No podíamos hablar todos los días porque entonces era muy caro. No había videollamadas ni WhatsApp. Para mí fue difícil, y me imagino que para ella también, pero al menos estaba rodeada de su gente, en su lugar de origen, arropada por su familia.

Yo decidí volver a España en 2005, en parte porque quería estar cerca de mi madre otra vez, que pudiera disfrutar de sus nietos, y porque sabía que en algún momento tendría que cuidarlacomo así fue.
Cuando me mudé, mi ex no se adaptó a España y acabamos divorciándonos. Me quedé sola con los niños pequeños y mi madre fue quien me ayudó con todo.

En 2011, mi madre viajó sola a EE. UU. para visitar a mi hermano, mi cuñada y mis sobrinos. Estando allí, un día antes de volver a Madrid, mi abuela —con 99 años— falleció.

Tuve que ser yo quien la llamara para decírselo.
Volvió ese mismo día y creo que, desde ese momento, se sintió culpable por no haber podido despedirse. Igual que yo estaba muy apegada a mi madre, ella lo estaba a la suya, y nunca superó esa despedida.

Desde entonces, mi madre venía a menudo a Alicante a ayudarme con los niños, o iba yo a verla, y pasábamos tiempo juntas. Lo pasamos muy bien: paseando por El Retiro como cuando yo era niña, saliendo de cervezas y tapas, yendo al teatro, al cine… de verdad que disfrutamos mucho.

Hasta que, poco a poco, empecé a notar cambios: dejó de comer bien, perdió el apetito, empezó a tener torpeza. Cuando hablábamos, repetía cosas, olvidaba lo que le decía…Fue entonces cuando decidí llevarla al neurólogo y nos dieron la terrible noticia.

Pensé que sería un proceso más largo, que se iría apagando poco a poco y que tendríamos tiempo… pero no fue así. De un día para otro tuve que traerla a Alicante porque ya no podía vivir sola.

Al principio no quería. Ella quería quedarse en su casa, no entendía por qué tenía que venir a Alicante. Se enfadaba conmigo porque pensaba que estaba bien.

A mí me dolió muchísimo tener que sacarla de su espacio, pero con dos adolescentes no podía ausentarme de mi casa y no tuve otra opción.

Fue una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer.
Sobre todo porque su casa era de renta antigua y al final tuvimos que dejarla. Para mí fue durísimo vaciar esa casa, la casa de mis abuelos, la única que sentía realmente como mi casa de la infancia, porque yo me mudé más de 20 veces a lo largo de mi vida (esto lo contaré en mis memorias).

Ver cómo toda una vida —todas sus pertenencias— tenía que tirarse, regalarse o guardarse… fue devastador. Aún tengo muchas cosas en el trastero de mi chico que no he sido capaz de tocar.

Y este es el último capítulo de la vida de la yaya. En “Crónicas del cuidador” ya cuento todo lo que viví durante el tiempo que la cuidé.