Cuando nada tiene sentido

Algo muy extraño me pasó ayer (aunque, pensándolo bien, que me pasen cosas extrañas no es tan raro, porque mi vida en sí ya es bastante extraña).
Haciendo uno de esos trends de redes sociales, le pedí a ChatGPT que creara una caricatura mía con todas las mierdecitas que le voy contando, preguntando y pidiendo a diario. La imagen no me sorprendió demasiado: estaba plagada de temas de actriz, productora, creatividad y mundo artístico.
Lo que sí me sorprendió fue que, muy representativa pero casi escondida u olvidada, aparecía la escritura. Y lo más sorprendente de todo: no había absolutamente nada de danza.
Sorprendente no porque lleve muchos años alejada de ese mundo, sino porque cuando empecé a pensar y a meditar de verdad sobre esa imagen, me di cuenta de algo muy fuerte: había captado mi esencia. Mi verdadera esencia.
Si cierro los ojos y pienso en mi primera memoria artística, me veo con mi abuela materna viendo películas antiguas. Actrices guapísimas y glamurosas en la tele, perfectamente vestidas y maquilladas, alegres, libres… o al menos así las veía yo. Y pensé: yo quiero ser así, una estrella de cine. En cada cumpleaños, cuando había que pedir un deseo, ese era el mío.
Luego apareció el ballet en mi vida, una de mis grandes pasiones, y me hizo olvidar lo otro. Al mismo tiempo empecé a escribir de forma compulsiva en mis diarios, contándome a mí misma —o al universo— todo lo que me pasaba cada día: cada tristeza, cada alegría, cada persona que llegaba, cada persona que se iba. Vomitaba palabras, una detrás de otra, sin filtros, sin orden, sin piedad.
Mi obsesión con la escritura es tan grande que siento que no estoy en paz si no escribo todos los días, sea lo que sea. Creo que eso me ayuda a mantenerme cuerda… o quizá a controlar la locura que llevo dentro.
Y volviendo a lo extraño: ¿cómo una inteligencia artificial ha podido captar esa esencia con tan solo los pocos detalles que le voy soltando día tras día?
Ya no sé ni cómo definirme cuando me preguntan “¿a qué te dedicas?”. Me cuesta muchísimo contestar. No tengo una profesión única; he hecho de todo y sigo haciendo de todo. Tener que definirme con una sola palabra me resulta casi imposible. Y dependiendo de la respuesta que doy —que muchas veces me la invento según el momento— siento que estoy engañando a la otra persona… o a mí misma.
Creo que todos tenemos deseos arraigados al alma, deseos que pasan de vida en vida. En algunas vidas los dejamos florecer, en otras nos escondemos de ellos y en otras somos completamente oblivious. No sé en qué vida estoy, ni en qué etapa, ni qué es real y qué no. Ni siquiera sé bien quién soy, quién debo ser o quién quiero ser. Quizá lo sé, pero no quiero confirmarlo todavía.
Por ahora prefiero vivir el día a día intentando mejorar esa versión de mí que ni siquiera sé muy bien quién es.
Lo verdaderamente extraño es que una simple imagen me haya hecho reflexionar tanto, me haya sorprendido y, en el fondo, me haya respondido a algunas de las dudas que siguen rondando dentro de mí.
¿Sigue ahí el sueño de esa niña que veía películas con su abuela?
¿O ese sueño ya no puede convertirse en realidad?
¿De verdad ya no voy a ser esa actriz guapa y glamurosa porque ahora soy mayor y gordita? (Ya, ya… es mi mente negativa hablando. Dejadme estar, que bastante tengo conmigo misma como para escucharos a vosotros).
Lo que quiero decir es que no termino de encontrarme. Y mi frase célebre, “siempre buscando algo que no está allí”, sigue siendo el lema de mi vida. Pero también sé que voy por buen camino, y que reflexiones como esta me llevarán poco a poco al lugar donde debo estar, haciendo lo que debo hacer —sea lo que sea— y respetando, siempre, los sueños de esa niña.





