Heridas de la vida

¡Madre mía! Ha pasado todo septiembre y no he redactado nada, soy lo fucking peor. El otro día subí una historia en Instagram preguntando quién seguía leyendo y muchos levantasteis la mano… a ver si esos mismos leen esto jajaja. Bueno, hoy tengo un post súper interesante para todos (o al menos para mí lo es), y espero que os guste y os sirva de algo. ¡Aunque sea para decir que habéis leído algo! No voy a darle más vueltas ni a contaros de qué va, os dejo que os aventuréis y sigáis leyendo… ¡Here we go!

A ver, el título era una pista, así que seguro que muchos de vosotros ya sabéis de qué va esto. Hoy no estoy para dar muchas vueltas antes de empezar a contaros mis cosillas. Tengo mucho que decir y no quiero perder ni espacio ni tiempo. Empezamos… Los que me seguís en redes ya estáis al día de mi vida diaria y las mierdecitas que me pasan, pero en este espacio profundizo un poco más en todo eso que suelto en voz alta. Siempre se me ha dado mejor expresarme por escrito que hablando. Cuando escribo, las palabras vienen de mi subconsciente sin filtro, a diferencia de cuando hablo, que siento que algo las frena, las edita, las corta o las cambia de alguna manera. Así que, el que no lee mi blog, no se entera ni de la mitad, ¡jajaja! Joder, y dije que no iba a hacer una larga introducción… ¡y lo he hecho otra vez! Soy lo peor… ¡Paradme!

Vale, ahora sí vamos al grano. Ya sabéis (o no) que el otro día, paseando al puto perro de los cojones, se me escapó y tuve que lanzarme como Wonder Woman para pillarlo. El problema es que no soy Wonder Woman y me caí como una tonta. Mis rodillas están hechas un desastre y, una semana después, una de ellas sigue en carne viva. Esto me ha hecho pensar que, a veces, todos hemos tenido heridas físicas que tardan en curarse. Las miramos, las vamos tratando poco a poco, y están ahí cada día, recordándonos por qué están, cómo sucedieron. Te hacen revivirlo, te obligan a procesar el duelo físico y emocional. Es una terapia activa y constante. Genial, ¿verdad? Pero ahora pienso: ¿Qué pasa con nuestras heridas internas? Esas también están ahí, abiertas, suplicando que las curemos, pero las ignoramos. No las vemos, las dejamos supurar, crecer, infectarse… y nunca se curan.

Cuántas de esas heridas llevaremos dentro cada uno de nosotros? Heridas que nos van pudriendo por dentro, que ya no piden ayuda, sino que se resignan a estar infectadas el resto de sus vidas. Me pregunto a mí misma cuántas heridas sin curar llevo, desde cuándo, quién las causó, por qué... ¿Cómo las puedo encontrar y sanar? ¿Quién es el culpable? Ya, ya… siempre me estoy cuestionando y reflexionando, ¿no hacéis lo mismo? Parece que soy la loca de la película. Bueno, me da igual. Loca o no, al menos soy consciente de que hay partes de mí que se pudren por dentro (¡qué asco! No quiero pudrirme). La cosa es que, sin darme cuenta, desde hace mucho tiempo he ido encontrando esas pequeñas heridas y curándolas poco a poco. En vez de betadine, uso un poco de aceptación; en vez de una tirita, reflexión. A cada una de ellas le hablo, le pido perdón por no haberle prestado atención, por olvidarla, por dejar que se infectara. Poco a poco, las voy sanando con amor y paciencia. Cada una me va perdonando y se cura, aunque, como ha pasado tanto tiempo, algunas dejan cicatrices. Pero esas cicatrices están cerradas y solo representan una batalla más ganada, un triunfo interior.

Curemos nuestras heridas internas, atrapándolas a tiempo para que no se formen costras difíciles de sanar. Limpia cada herida, nueva o vieja, con un chorro de energía positiva, consciencia y aceptación. Destápalas todas y aprende de ellas. Déjalas que te hablen, que te cuenten su sufrimiento y lo que necesitan para curarse. Ten paciencia, porque cada herida requiere su tiempo de sanación. Pero, lo más importante, estate atenta a los peligros que puedan meterte en más líos y causarte nuevas heridas… (como el fucking puto perro de los cojones).