CRÓNICAS DEL CUIDADOR: EL FINAL

Pues el día que todos esperábamos, pero realmente no queríamos que llegara… ha llegado. Hoy, 22 de abril, a las 23:15 de la noche, mi madre, Carmen Soria Fernández, más conocida por todos como “la yaya”, ha fallecido en casa, rodeada de su hija, su hijo y sus nietos.

Empecé estas crónicas para contaros todo sin filtros, como sabéis cómo soy… y eso es lo que haré en este penúltimo post que redactaré. El último, último, lo dejaré para el aniversario de su muerte, para ver qué tal lo he sobrevivido.

Los que no hayáis leído las crónicas, no os preocupéis: podéis empezar por el principio o desde ahora e ir hacia atrás… de verdad que da igual. Si estáis leyendo esto es porque me seguís a mí o seguís a mi madre, que al final creo que ella fue más popular que yo. Mi cuenta de TikTok tiene más de 24k seguidores… y la mayoría son por mi madre.

Os cuento: este último año mi madre, como sabéis, ya no quería comer mucho, dormía todo el día, ya no hablaba y estaba totalmente desconectada. Era ya como un bebé. La despertábamos para darle de comer, cambiarle el pañal y volver a dormir… y así en todas las comidas. Intentábamos levantarla y llevarla al sofá, pero cada vez era más difícil. Estaba tan delgada que moverla de un sitio a otro era muy complicado… y le hacíamos daño.

Estas últimas semanas sabíamos que el final estaba cerca. Cada vez comía menos, dormía más y su respiración empezó a ser más profunda. Los médicos de paliativos me dijeron que el final se acercaba y que, si tenía que llamar a algún familiar, debía hacerlo pronto. Así que llamé a mi hermano, que estaba en el aeropuerto, viajando de una ciudad a otra en Estados Unidos, y le comenté lo que estaba pasando… El pobre se quedó bloqueado. Tuvo que volver a casa, cambiar la maleta, coger su pasaporte y venirse a España.

Mi madre ya estaba en la fase final y nos dejaron un sedante por si veíamos que estaba sufriendo. Me explicaron todo a mí, pero yo era incapaz de asimilar las instrucciones. Me dijeron que era mejor esperar a mi hermano, porque si la sedábamos podía ser cuestión de horas.

Mi hermano llegó sobre las 9 de la noche, y una amiga médica vino a casa para ayudarnos a sedarla, ya que su respiración era muy pesada y veíamos que estaba sufriendo. Mi hermano se despidió de ella y se fue a descansar del viaje.

Yo estuve todo el rato a su lado, hablándole y despediéndome de ella. Le dije todo lo que la quería, lo buena madre y abuela que fue y que la echaría muchísimo de menos. Algunas de mis amigas vinieron a despedirse de ella, sobre todo sus cuidadoras: Yoli, Daniela y Andreína, que la querían muchísimo. Algunas amigas llamaron por teléfono para decirle adiós, otras mandaron audios para que se los pusiera. Tuvo todo el rato su música favorita.

Le sujeté la mano y le dije que ya se podía ir, que estábamos bien y que gracias por todo. Miré sus manos por última vez, esas manos tan únicas con sus cuatro dedos… no quería olvidarme de ellas. Le di un beso y no quise llorar. Quería que ella supiera que estaba bien y que se podía ir en paz. Y a las 23:15 dejó de respirar.

De verdad, cuando pasa… no sabes qué hacer. Aunque me habían dado todas las instrucciones, en ese momento te bloqueas. Llamamos al 112, vino la ambulancia y luego el seguro para certificar la muerte. Fue todo muy curioso… el forense era muy peculiar, intentaba explicarnos todo y llegó un momento en que nos dio hasta un poco de risa. Mi hermano y mis hijos se fueron de la habitación porque no querían reírse.
Al final se la llevaron en una bolsa de plástico… y pensé: qué pena, por Dios, cómo nos vamos así…

La noche fue muy larga. No creo que ninguno durmiéramos mucho. Al día siguiente estuve arropada por familia y amigos que vinieron a dar el último adiós. Tuve alguna que otra pelea con el seguro de decesos, porque después de toda una vida pagando, nos enteramos de que, como ella quería ser incinerada, solo cubrían eso y no el nicho en el cementerio…

No quisimos ir a la cremación y recogimos sus cenizas al día siguiente. Tenía claro que quería enterrarla en Madrid, donde sé que es lo que hubiera querido. En el coche, camino de Alicante a Madrid, mi hermano y yo tuvimos que decidir dónde enterrarla… y no teníamos claro si un cementerio tradicional era lo correcto, además de lo carísimo que es.

Buscando por internet encontramos un lugar llamado Recordarium, y después de ver su web y las reseñas, llamamos… y nos atendieron con muchísimo cariño.

Preparamos todo y al día siguiente celebramos su entierro plantando un olivo que sabemos que crecerá para siempre. Ahí la dejamos, mirando hacia Ávila, de donde era su padre. Espero que le guste… Yo iré todos los días que pueda a verla, a cuidar del olivo, a hablarle… y a llevarle una cervecita, un vermú o un flan.

D.E.P., mamá. Te quiero.